Del 30 de septiembre al 14 de octubre de 2017 nos fuimos quince días a la Toscana, con una escapada final a Venecia y Verona antes de volver. Fue un viaje especial por partida doble: por un lado, porque este iba a ser uno de nuestros últimos viajes solos, en unos meses contaríamos con uno más en nuestros viajes. Así que durante este viaje a Laura le tocó dejar aparcados el tiramisú, los embutidos y el vino, aunque iba a estar rodeado de ellos durante dos semanas; y por otro, porque en Riomaggiore nos reencontramos con Stefano y Laura, nuestros compañeros de piso italianos de cuando vivimos en Melbourne, Australia. Habían vuelto a Italia hacía tiempo, y no habíamos coincidido con ellos desde entonces.
Queremos dejar aquí el resumen del viaje, parada a parada, para acordarnos de él y compartirlo con quien esté planeando algo parecido.
La ruta, día a día:
- Día 1: Barcelona → El Prat → vuelo a Bérgamo → Framura, en la Cinque Terre (Hotel Silvia)
- Día 2: Framura → La Spezia → Cinque Terre (Corniglia, Manarola, Riomaggiore) → Lucca (Il Callare)
- Día 3: Lucca → Pisa → Florencia (Baronessa B&B)
- Día 4: Florencia: Piazzale Michelangelo, Ponte Vecchio, Piazza della Signoria, el Duomo, la Accademia y Santa Croce
- Día 5: Florencia: Uffizi, San Lorenzo, el Palacio Pitti y los Jardines de Bóboli, Santa Maria Novella
- Día 6: Florencia → San Gimignano, alojamiento en un cottage cerca de Certaldo (Airbnb Piccolo Cottage)
- Día 7: Excursión a Monteriggioni y Siena
- Día 8: Excursión por el Chianti: Greve in Chianti, Panzano in Chianti y Gaiole in Chianti
- Día 9: Excursión por el Val d'Orcia: Montepulciano, Monticchiello, Pienza, San Quirico d'Orcia y Bagno Vignoni
- Día 10: Excursión a Volterra y al pueblo de San Gimignano
- Día 11: San Gimignano → Ferrara → Padua → Noale (B&B La Porta Rossa)
- Día 12: Excursión a Venecia
- Día 13: Noale → Verona → Bérgamo (La Cortevecchia)
- Día 14: Excursión a Milán
- Día 15: Bérgamo → vuelo de vuelta a Barcelona
Framura y la Cinque Terre
Aterrizamos en el aeropuerto de Bérgamo (Orio al Serio), donde alquilamos el coche con Firefly Car Rentals, en el propio aeropuerto (93 €), y desde allí condujimos hasta Framura, un pueblecito de la Liguria justo al lado de la Cinque Terre, donde pasamos nuestra primera noche en el Hotel Silvia (63,18 €).
Manarola, con sus casas de colores colgando sobre las rocas frente al mar, es probablemente el más fotogénico de los cinco pueblos que forman la Cinque Terre, y también uno de los más antiguos: se cree que su origen se remonta al siglo XIII.
Al día siguiente dejamos el coche cerca de La Spezia y nos metimos en la Cinque Terre por libre, recorriendo tres de los cinco pueblos: Corniglia, Manarola y Riomaggiore, los típicos pueblos de colores colgados sobre el mar Ligur. Y fue precisamente en Riomaggiore donde tuvimos la sorpresa del viaje: nos reencontramos con Stefano y Laura, nuestros compañeros de piso italianos durante los seis meses que vivimos en Melbourne. Llevábamos años sin vernos, así que fue una tarde de abrazos, ponernos al día y pasear juntos por uno de los rincones más bonitos de Italia.
Por la tarde seguimos camino hacia Lucca, donde pasamos la noche en Il Callare (58,50 €).
Lucca
Lucca es de esas ciudades toscanas que se quedan un poco a la sombra de Florencia y Pisa, y no debería: su casco histórico, completamente amurallado, se puede recorrer a pie (o en bici, como hacen los locales, encima de la propia muralla renacentista) en un par de horas tranquilas. Paseamos por dentro de las murallas, la Piazza dell'Anfiteatro (una plaza ovalada construida literalmente sobre las gradas de un antiguo anfiteatro romano) y la Torre Guinigi, con sus encinas creciendo en lo alto.
Dos de las iglesias más bonitas del centro son San Michele in Foro, con su llamativa fachada de mármol blanco rematada por un ángel dorado, y la Basílica de San Frediano, con un gran mosaico dorado en lo alto de la fachada. Ambas están a pocos minutos a pie de la Piazza dell'Anfiteatro.
Pisa
De camino a Florencia paramos en Pisa para ver, cómo no, la Torre Inclinada y toda la Piazza dei Miracoli, con la catedral y el baptisterio. Es una visita que se hace en un par de horas, lo justo para las fotos de rigor "sujetando" la torre y dar una vuelta por la plaza antes de seguir ruta.
La Piazza dei Miracoli, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, reúne en un mismo prado verde la catedral, el baptisterio, el Camposanto monumental y, claro, el campanario que todo el mundo conoce como la Torre Inclinada.
Florencia
Pasamos tres noches en Florencia, alojados en el Baronessa B&B (243 €), en las afueras al este de la ciudad, y con eso tuvimos dos días completos para recorrerla con calma.
El primer día subimos a Piazzale Michelangelo, el mirador clásico con toda Florencia y el río Arno a los pies, y desde allí bajamos hacia el centro cruzando el Ponte Vecchio. Paseamos por la Piazza della Signoria, con la réplica del David y la Loggia dei Lanzi, vimos el Duomo por fuera (la cúpula de Brunelleschi impresiona más de cerca de lo que parece en fotos) y entramos en la Galleria dell'Accademia para ver el David original de Miguel Ángel. Terminamos el día en la Basílica de Santa Croce, donde están enterrados Miguel Ángel, Galileo y Maquiavelo, entre otros.
El Ponte Vecchio, con sus joyerías colgando literalmente sobre el agua, es el único puente de Florencia que se libró de la destrucción durante la Segunda Guerra Mundial, y sigue siendo el más fotografiado de la ciudad.
El segundo día lo dedicamos a los Uffizi, una de las pinacotecas más importantes del mundo (hace falta bastante más de una mañana para verla con calma), y por la tarde al Palacio Pitti y los Jardines de Bóboli, además de asomarnos a la Capilla de los Médici en San Lorenzo y a Santa Maria Novella.
San Gimignano y Certaldo
Desde Florencia nos movimos al campo, a un cottage por Airbnb cerca de Certaldo (255 € las cinco noches), que nos sirvió de base para explorar la Toscana rural: San Gimignano, Siena, el Chianti, el Val d'Orcia y Volterra, todo a un máximo de una hora de coche. La primera noche cenamos en el propio Certaldo, un pueblo medieval mucho menos visitado que sus vecinos más famosos, con su casco antiguo en lo alto de la colina.
Desde la terraza del cottage teníamos estas vistas a la campiña de la Val d'Elsa: el sitio perfecto para relajarnos con una copa después de cada excursión y planear el día siguiente con el mapa desplegado en la mesa.
Monteriggioni y Siena
De camino a Siena paramos en Monteriggioni, un pueblo fortificado diminuto rodeado por su muralla circular casi intacta, de los que se ven enteros en cinco minutos pero que merecen la parada igualmente.
Siena fue la gran visita del día: nos plantamos en la Piazza del Campo, la plaza en forma de concha donde se corre el Palio, y subimos hasta el Duomo, con su fachada de mármol blanco y verde tan característica. Es una ciudad para perderse sin prisa por sus calles medievales en cuesta.
Cada 2 de julio y 16 de agosto, la Piazza del Campo se llena de arena para el Palio, la famosa carrera de caballos entre las distintas contrade (barrios) de la ciudad. El campanario a rayas blancas y negras del Duomo, la Torre del Mangia, se puede subir para tener las mejores vistas de Siena.
El Chianti
Otro día lo dedicamos a cruzar la región del Chianti en coche, parando en tres de sus pueblos: Greve in Chianti, con su plaza triangular porticada; Panzano in Chianti, donde comimos (Laura, con vino sin alcohol, que aquí lo sirven en casi todas partes); y Gaiole in Chianti, ya en la parte más tranquila y menos turística de la región. Entre pueblo y pueblo, el paisaje típico del Chianti: colinas suaves cubiertas de viñedos y cipreses.
El aceite y el vino son los grandes protagonistas de esta zona: casi todas las bodegas y almazaras que se ven desde la carretera ofrecen catas, y muchas tienen vistas espectaculares sobre los viñedos.
Val d'Orcia
El Val d'Orcia es probablemente el paisaje toscano más fotografiado del mundo, esas colinas ondulantes con hileras de cipreses que salen en todos los calendarios. Empezamos en Montepulciano, subido en su colina y famoso por el vino Vino Nobile; seguimos por Monticchiello, un pueblecito diminuto y muy tranquilo; comimos en Pienza, la "ciudad ideal renacentista" y capital del pecorino toscano; y acabamos el día en San Quirico d'Orcia y Bagno Vignoni, este último un pueblo curioso porque en el centro, donde debería estar la plaza, tiene una piscina termal romana.
Todo el Val d'Orcia está declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco por su paisaje agrícola, prácticamente inalterado desde el Renacimiento, cuando estas tierras se rediseñaron como un ideal de belleza y buen gobierno.
Volterra y San Gimignano
El último día de excursiones desde el cottage lo repartimos entre Volterra, una ciudad etrusca en lo alto de un acantilado con muy buenas vistas y mucho menos masificada que San Gimignano, y el propio San Gimignano, famoso por sus torres medievales (llegó a tener más de setenta, hoy quedan catorce) que le han valido el sobrenombre de "la Manhattan de la Toscana". Comimos allí, entre las torres, antes de volver al cottage a hacer las maletas para el siguiente tramo del viaje.
La Piazza della Cisterna, la plaza principal de San Gimignano, debe su nombre al pozo de piedra del siglo XIII que todavía preside el centro. Aquellas torres, hoy símbolo del pueblo, eran en realidad la forma que tenían las familias nobles medievales de demostrar su poder frente a las de al lado.
Camino a Venecia: Ferrara y Padua
Dejamos la Toscana y pusimos rumbo a Noale, un pueblo cerca de Venecia donde nos alojamos dos noches en el B&B La Porta Rossa (132 €). El trayecto era largo para hacerlo del tirón, así que aprovechamos para parar en Ferrara, con su imponente Castello Estense rodeado por el foso, y en Padua, donde paseamos por el centro y la Prato della Valle antes de completar el último tramo hasta Noale.
Ferrara es una ciudad tranquila y muy llana, ideal para moverse en bicicleta como hacen los propios ferrareses; Padua, en cambio, se siente más animada gracias a su universidad, una de las más antiguas de Europa, fundada en 1222.
Venecia
Desde Noale, a apenas media hora en coche de la terminal de autobuses de Venecia, hicimos noche allí precisamente para tener Venecia cerca sin pagar los precios (ni buscar aparcamiento) de dormir en la propia ciudad. Un día entero nos dio para lo esencial: la Piazza San Marco con la Basílica y el Palacio Ducal, el puente de Rialto, y perdernos luego por Dorsoduro, el barrio más tranquilo y menos turístico, donde está la Colección Peggy Guggenheim.
Para moverse por Venecia lo más práctico es ir andando o en vaporetto, el autobús acuático que recorre el Gran Canal; una vuelta en góndola es más un capricho turístico que un medio de transporte, pero verlas de cerca amarradas junto a San Marco tiene su encanto.
Verona y Bérgamo
De Noale seguimos hacia Bérgamo, con parada en Verona para ver la Arena romana, pasear por el centro histórico y hacer la parada obligada en la Casa di Giulietta, con su famoso balcón, antes de llegar a nuestro último alojamiento del viaje: La Cortevecchia (190 €), en Bérgamo, donde pasamos las dos últimas noches.
El balcón de la Casa di Giulietta es en realidad un añadido del siglo XX (la casa nunca perteneció a ninguna Julieta real), pero eso no impide que sea uno de los rincones más visitados y fotografiados de Verona.
Bérgamo tiene la peculiaridad de dividirse en Città Bassa (la parte moderna y llana) y Città Alta (el casco histórico amurallado, en lo alto de la colina, al que se sube en funicular). Dedicamos la tarde de llegada a pasear por la Città Alta, la Piazza Vecchia, y a subir hasta el barrio de San Vigilio, con las mejores vistas de toda la ciudad y de la llanura padana al fondo.
A la entrada de Santa Maria Maggiore y el Duomo, en la Piazza Vecchia, hay dos parejas de leones de piedra rosa del siglo XIV que son de los detalles que más nos gustaron de la Città Alta.
Milán
Aprovechando lo cerca que está Bérgamo de Milán (apenas 50 km), le dedicamos un día entero a la capital lombarda: el Duomo, con su bosque de agujas y estatuas, la Galleria Vittorio Emanuele II, y el Castello Sforzesco con el Parco Sempione detrás.
El Duomo de Milán es la catedral gótica más grande de Italia, coronada por más de cien agujas y más de tres mil estatuas; se puede subir a las terrazas para pasear entre ellas, aunque con el tiempo justo nos conformamos con verlo desde la plaza.
Vuelta a casa
El último día lo pasamos todavía en la Città Alta de Bérgamo, sin prisa, antes de acercarnos al aeropuerto de Orio al Serio para coger el vuelo de vuelta a Barcelona. Así se cerró un viaje de quince días que empezó y terminó en el mismo aeropuerto italiano: de la Cinque Terre y el reencuentro con Stefano y Laura en Riomaggiore, pasando por Florencia, el Chianti y el Val d'Orcia, hasta Venecia, Verona y Bérgamo.
Nos gustó mucho este viaje, distinto a los que habíamos realizado otras veces y a otro ritmo. Hemos disfrutado mucho, hemos comido muy bien y hemos disfrutado de unos paisajes únicos. Pero seguramente tardaremos muchos años en repetir de nuevo este viaje, ¡queda mucho de Italia por visitar!