Seguimos en Pekín, después de la llegada, los hutongs y el Palacio de Verano que os contamos en el post anterior. Tocaba ahora lo más icónico de la ciudad: la Ciudad Prohibida y, al día siguiente, la Gran Muralla.
La plaza de Tianmnen
Para entrar en la plaza de Tiananmen hicimos una hora de cola en la calle, pasando varios controles de seguridad muy exhaustivos que revisan toda la mochila.
Tiananmen significa literalmente "Puerta de la Paz Celestial", y la puerta que le da nombre se construyó ya en 1417, durante la dinastía Ming, aunque tal y como la conocemos hoy es de 1651. La plaza que se extiende delante, una de las más grandes del mundo con más de 440.000 m², es en realidad bastante más moderna: se amplió y le dio su forma actual el gobierno comunista tras la fundación de la República Popular en 1949, y es aquí donde Mao Zedong proclamó la nueva China ese mismo año.
La Ciudad Prohibida
A continuación de la plaza de Tianmen está la ciudad Prohibida. Las entradas las habíamos reservado un par de dias antes a través de Alipay, nos tuvo que ayudar la recepcionista del hotel ya que no conseguiamos que nos enviaran los SMS de verificación.
La Ciudad Prohibida se empezó a construir en 1406 por orden del emperador Yongle, que había decidido trasladar la capital desde Nankín hasta Pekín, y se necesitaron 14 años y más de un millón de trabajadores para levantarla. Durante casi 500 años, entre 1420 y 1912, fue la residencia oficial de 24 emperadores (14 de la dinastía Ming y 10 de la Qing), hasta que el último de ellos, Puyi, abdicó. El recinto tiene más de 70 palacios y, según cuentan, "9.999 habitaciones y media": el nueve era el número imperial por excelencia, y solo el Dios del Cielo podía aspirar a un palacio de 10.000 estancias, así que la de los emperadores se quedó simbólicamente una media habitación por debajo.
Es, de todo el viaje, el lugar donde nos encontramos con más turistas: un 98% de origen chino, y a manadas. La verdad es que ese día fue un poco agobiante. Y para colmo, me despisté un momento y me perdí del resto de la familia. Con tanta gente concentrada no había cobertura móvil, así que durante esos 40 minutos no había manera de ubicarnos; hasta que, en cierto momento, empezaron a entrar y salir, los mensajes de WeChat que nos estábamos enviando unos a otros.
Estuvimos paseando por el recinto y, al salir, subimos al parque que hay justo detrás (con el mirador que da las mejores vistas sobre todo el conjunto de la Ciudad Prohibida). Nos gustó mucho, en mi caso hubiera preferido no ir a la Ciudad Prohibida y verla desde aquí:
Ese día cerca del hotel, cenamos unos crepes chinos (scallion pancakes) muy ricos!
La Gran Muralla
El dia antes compramos las entradas para acceder a la muralla y subir con el teleférico, lo hicimos a través de la propia web de la muralla china (https://en.mutianyugreatwall.com/reservation-center/tickets) , así pudimos elegir las entradas según la edad para nuestros hijos, ya que a través de trip.com no lo podiamos seleccionar.
Salimos temprano del hotel, y cogimos un Didi por 190 yuanes (175 + 15 del peaje), un trayecto de 1h 30 min hasta la entrada. A las 9:05 ya estábamos arriba y a las 9:20 empezamos a caminar desde la torre 14 hasta la torre 20. Nos encantó, aunque llegar hasta la torre 20 costó lo suyo.
Existen 3 tramos para acceder a la Gran Muralla desde Pekin, en nuestro caso fuimos al tramo de Mutianyu, uno de los mejor conservados y menos masificados de los que quedan cerca de Pekín (mucho menos concurrido que Badaling, el más turístico y cercano a la ciudad).
Contando todas sus ramificaciones, la Gran Muralla suma unos 21.000 km repartidos por el norte de China, construidos a lo largo de casi 2.000 años, desde el siglo V a.C. hasta el siglo XVII, aunque hoy solo se conserva en pie alrededor de un 30% del total. El tramo de Mutianyu en concreto se levantó a mediados del siglo VI y se reconstruyó en la forma que se puede visitar hoy en 1569, ya en la dinastía Ming; tiene 5,4 km de longitud y una altura media de 6-7 metros.
Para bajar decidimos hacerlo a pie, pasando por la torre 12, mucho más fácil de lo que esperábamos: apenas 30 minutos desde la parte alta hasta la salida. Eso sí, llegamos bastante cansados a la torre 20 antes de bajar, así que fue un buen entrenamiento en familia.
Estuvimos en la muralla hasta las 12:30. Para volver a Pekín, el autobús salía del mismo pueblo, por 23 yuanes (con 5 yuanes extra del trayecto local hasta la parada), un viaje de aproximadamente 1 hora.
Barrio de Artistas 798
Por la tarde, ya de vuelta en la ciudad, fuimos al barrio de artistas 798, una zona industrial reconvertida en galerías de arte que nos gustó mucho.
Su origen no tiene nada que ver con el arte: en los años 50 se construyó aquí un complejo de fábricas de electrónica militar con ayuda de ingenieros de la extinta Alemania del Este, con ese estilo de ladrillo visto y grandes naves típico de la Bauhaus. Con las reformas económicas de los 80 las fábricas fueron cerrando y quedaron prácticamente abandonadas, hasta que a partir de 2002 artistas y galerías empezaron a instalarse ahí atraídos por los alquileres baratos y las naves enormes, y en 2005 el barrio se convirtió ya oficialmente en uno de los distritos creativos de la ciudad.
Hoy en día es una mezcla curiosa de galerías, tiendas de diseño, cafés y algún resto de la maquinaria industrial original que se ha dejado como parte de la decoración. Cenamos en una calle llena de puestos de street food.
Nos gustó mucho este barrio, fue todo un descubrimiento.
El Mercado de Antigüedades de Panjiayuan
Como nuestro hotel, el Right Hotel, estaba cerca, aprovechamos para pasear por el mercado de Panjiayuan, el mayor mercado de antigüedades y objetos de segunda mano de toda China. Tiene un origen curioso: nació como "mercado fantasma", un mercadillo callejero espontáneo de finales de la dinastía Qing y principios de la República, cuando familias nobles venidas a menos vendían a escondidas sus reliquias familiares de madrugada, a la luz de un farolillo, para que nadie pudiera reconocerles la cara.
El mercado tal y como existe hoy se organizó ya en 1992, y ocupa casi 5 hectáreas divididas en zonas de antigüedades, muebles clásicos, piedra tallada, jade y caligrafía, entre otras. Las tiendas fijas abren todos los días, pero los puestos callejeros (los más pintorescos, con auténticas antigüedades mezcladas con imitaciones) solo montan los fines de semana. Un buen sitio para perderse un rato, aunque sea sin comprar nada.
Conclusiones del viaje
Y con esto se acabaron nuestros 13 días por China. Un repaso rápido de lo que nos llevamos:
- Con niños, sí se puede, y bien. Ona (5 años) y Adrià (8 años) aguantaron trenes nocturnos, colas al sol y kilómetros de caminata por palacios y murallas mejor de lo que esperábamos. Eso sí, un ritmo de viaje algo más pausado.
- Se come muy muy bien, y hay picante para todos los gustos, incluso si no lo quieres se puede comer sin. Los niños han encontrado platos fáciles para ellos y finalmente se han atrevido a probar cosas nuevas.
- Hemos tenido suerte de tener mayoritariamente días nublados, los días soleados hacia demasiada calor y humedad para caminar.
- Para nuestro gusto hemos hecho demasiada ciudad, nos ha faltada más naturaleza. Otra opción hubiera sido hacer menos días en Pekín e ir un par de días a Datong a ver las cuevas y el templo colgante